Ojalá
mi cuerpo,
mi cuerpo,
convertido en
telaraña de tormentas,
tropiece con tus manos
y
su capacidad para pulverizar
(con una caricia)
mi esqueleto-cárcel
de estorninos.
Será ahí,
tras el crujido de costillas,
cuando podré nombrar
la libertad
de la que no dispuse
(para ti)
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